En este año de elecciones para presidente surge una serie de consejos y dilemas políticos.
Se insta a la población a que realice un voto razonado, no por partidos ni por personajes... Imaginemos que esto es lo que se anda diciendo por ahí:
*Que no vote por Peña Nieto porque, aunque es guapo, es del PRI, y si no que setenta años de corrupción hablen por sí solos.
*No vote por Josefina porque, aunque es mujer, es del PAN y vea usted cómo este partido tiene al país en sólo doce años.
*Y no vote por el PRD porque, aunque represente un cambio, el candidato es López Obrador quien aparte de naco demostró ser un revoltoso que no sabe perder.
*Y dígale no a Quadri (¿quién chingados es Quadri?), porque... porque... está de adorno (?).
[Así es: Un poco de México, un país lleno de contradicciones. Un país surrealista, lo diría, entre otros, un viejo barbón.] -Basta de artículos indeterminados.-
FIN
Un límite vasto y sospechoso sobre cualesquier cosas que están alrededor de nosotros. Versiones y traducciones. Blog de notas (de chaquetas) mentales.
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jueves, 12 de abril de 2012
viernes, 27 de enero de 2012
Un escritor catalán ante México/ México ante un escritor catalán (Traducción de un textillo de Pere Calders)
Esta entrada es la traducción que hice a "Apunts per a dos contes mexicans" de Pere Calders, catalán exiliado en México. Creo que es un texto del que no existe traducción al español, y si la hay no se puede conseguir fácilmente (como muchos de sus textos, que se editan a cuentagotas en este lado del Atlántico.
Adentrarse en la lectura de Calders requiere poner mucha atención en lo que dice en sus Prólogos —son de vital importancia para él—, ya que nos pone sobreaviso de lo que incluirá su obra. Pero hay que ir con cuidado: si él nos dice que todo lo que en sus narraciones es real y él ha tomado nota de ello porque lo ha visto, hay que creerle muy poco: simplemente ha llevado al papel lo que ve mediante su espejo, el espejo de la ficción. Habrá dicho, quizá, "eso no es la realidad, es literatura", por más que diga que todo, situaciones y personajes, hayan pasado delante de sus ojos. Característica de la literatura.
Para Calders, México siempre representó algo sumamente distinto de lo que él esperaba y había vivido. Conviene leer estos apuntes pues muestran una imagen del mexicano que a mí me causa mucha gracia: lo llevan a enfrentarse a situaciones extremas en la que se le exige una reacción y, como suele verse, recurre a lo que la tradición y las costumbres le han enseñado: un poco de resignación, un poco de plegaria, pero siempre librándose de una situación que llegaría a ser peor. Ya se verá.
Fuente: Pere Calders, “Apunts per a dos contes mexicans”, en Aquí descansa Nevares i altres narracions mexicanes, a cura de Joan Melcion, Edicions 62, Barcelona, 3a ed., 1998, pp. 151-155.
“Apuntes para dos cuentos mexicanos”
Durante mi estadía en México, tomaba apuntes de hechos reales con el propósito de convertirlos después en narraciones. Es necesario repetir (lo he dicho otras veces) que aquello que nosotros entendemos por realidad, tiene en México otra dimensión: allí la gente hace cosas que en otras latitudes es necesario inventar para los personajes ficticios.
Uno de los detalles más viejos de mi colección explica el caso de un policía auxiliar que, un 10 de mayo, se enterneció. Los policías auxiliares en México son una especie de autoridad menor con uniforme y arma corta. Su misión se reduce a cuidar los automóviles en los estacionamientos, a la vigilancia nocturna de los suburbios, a todo tipo de funciones sin trascendencia que no requieren mucha fuerza coercitiva. Y el 10 de mayo es el día de las Madres, así, con mayúscula, para suscitar el máximo respeto. En esta celebración, los mexicanos no escatiman esfuerzos para demostrar a las madres el sentimiento de amor filial que merecen, y hay casos de hijos que, llevados por la sugestión de la fiesta, han empeñado la máquina de coser con la que madre se ganaba difícilmente la vida, para comprarle un ramo de flores, una caja de dulces y un broche elegante.
Pero regresando a lo anterior: un 10 de mayo, el policía auxiliar protagonista de la noticia que reseño, estaba de guardia en el Monumento a la Revolución, cerca de una parada de taxis. Los choferes de los autos de alquiler sólo hablaban de sus respectivas madres y arreglaban paquetes de obsequios, planeaban otros, se referían a visitas inminentes a mujeres santas y se dejaban llevar por una fácil emoción. El policía estaba trastornado.
— ¿Y tú? —le preguntó un taxista—. ¿No preparas algún regalo para tu madre?
— Es que estamos peleados —contestó el policía con voz compungida—. Hace más de un año que no nos hablamos…
Todos los choferes se escandalizaron por esta confesión y comenzaron a darle consejos. El hombre se estaba ablandando y acabó por abrir su corazón, con los ojos húmedos. Dijo que, si se atreviera y tuviera los pesos que hacían falta, iría a ver su madre con un buen ramo de flores y le pediría perdón.
El caso es que le prestaron dinero, y el policía compró las flores y fue al peluquero y se boleó los zapatos. Emocionado, fue a casa de su madre. Los vecinos asomaban la cabeza por las ventanas y comentaban el evento con beneplácito.
Tocó la puerta y su madre lo recibió. Al verlo, la mujer lo increpó:
— ¡Mal hijo! ¡Hasta ahora te acuerdas de tu madre!
— Es que venía a felicitarla…
— ¡Haragán! Nomás piensas en mí cuanto te da la gana.
— Hoy es día de las Madres…
— ¡Desgraciado! Has de venir a chuparme la sangre.
La vieja no cedía. Recordaba todas las ofensas y el hijo no tenía ocasión de intervenir para a ligar un conversación cordial.
Por fin, la mujer dijo:
—No sé qué te crees. Quizá pienses que tu madre es una cualquiera.
El policía se ofuscó. No toleraba que nadie insultara a su progenitora, y este «nadie», de ninguna manera admitía excepciones. Perdió los estribos, sacó la pistola y mató a su madre.
Hace falta esforzarse para entender que este hecho no tiene nada que ver con la bondad o maldad como se entiende a la manera europea. El policía era una excelente persona, pero hay cosas que un hombre, desde el punto de vista ultramarino, jamás puede tolerar.
***
En Gente del altiplano incluí una narración («Primera parte de Andrade Maciel») que, según como se vea el título, parece que anunciaba una futura segunda parte. Y ésta existe, aunque no haya pasado de la etapa de anotación.
Hacia su vejez, Andrade Maciel se colocó de vigilante nocturno en una importante mueblería propiedad de un español. Quizá habría durado por todo lo que le quedaba de vida de no haber sido por el choque entre las dos razas que, tarde o temprano, siempre acaba por producirse. En el caso de Andrade Maciel, el choque fue muy ilustrativo, Sucedió así.
Andrade Maciel era un viejo achacoso. La limitación física impuesta por su cojera había apagado las efervescencias revolucionarias de su juventud y se volvió un hombre pacífico. El cargo de vigilante nocturno lo hacía casi feliz porque se podía dedicar de lleno a su aversión al matrimonio, sin renunciar a una cierta ilusión de hogar: los tres pisos de la mueblería contenían en exhibición permanente comedores y recámaras, salas, oficinas y cocinas americanas, todo brillante y bien barnizado o esmaltado. Se paseaba arriba y abajo, disfrutando de su soledad y de la pueril escenografía de escaparate. Tenía sus sofás predilectos, modelos de sólido prestigio que conservan una forma básica, familiar, acogedora, adaptada a todas las anatomías. A menudo, sentado en una amplia butaca, mientras contemplaba una litografía con marco dorado y con los pies cerca de un aparato eléctrico que parecía una ramita encendida colocada en una chimenea neoclásica: se sentía el indio mejor instalado de la nación.
Sin embargo, la noche es larga y a los vigilantes les hace falta más de una ilusión para llenarla toda. Andrade Maciel se pasaba también algunas horas a las oficinas de la mueblería, jugando tímidamente con las máquinas de escribir y las sumadoras, contemplando con admiración y respeto la caja fuerte, a la que se acercaba de puntitas y hacía girar el botón numerado, sin malicia, con una ingenua admiración.
Poco a poco, se dedicó a reparaciones elementales. Calzaba la mesa auxiliar de una mecanógrafa, arreglaba cajones que se cerraban mal y, con el tiempo, se atrevió a apretar los tornillos de las máquinas y adquirió una verdadera práctica y un cierto prestigio entre el personal de día, que a menudo le hacía encargos y, con menos frecuencia, le eran retribuidos.
Un día, el administrador general del negocio se dio cuenta de que había perdido el llavero con todas las llaves. Muy temprano, el vigilante tenía la obligación de esperar la llegada del alto ejecutivo y rendirle cuentas de las novedades y recibir instrucciones para la noche. En aquella ocasión, el administrador estaba furioso por la pérdida y no dejaba de revisarse los bolsillos y de proferir lamentaciones. Llamó a su casa, con la esperanza de haber olvidado ahí las llaves, pero la familia lo desengañó. Envió a un subordinado al garaje donde dejaba el automóvil, para ver si las llaves habían quedado en el asiento o, en caso contrario, que hiciera a pie el recorrido del garaje a la mueblería, mirando el suelo, por si el llavero se había caído en el camino. Pero no apareció en ninguna parte.
La situación era muy molesta porque don Fidel, el dueño (que tenía el único duplicado del juego de llaves), estaba en Monterrey y no lo esperaban sino hasta mediodía. El administrador tenía que hacer unos pagos y guardaba la chequera y la documentación dentro de la caja blindada. Pudo abrir la puerta exterior, pero se quedó contemplando la que cerraba los compartimientos interiores con una actitud de desolación un tanto excesiva. El administrador era gallego y expresaba sus emociones de una manera muy distinta del estilo contenido de los indios. Andrade Maciel lo veía compungido y aprovechó una pausa entre dos imprecaciones para decir:
—Si usted gusta, puedo abrir la puerta…
—¡Animal! ¡Y tú qué abres, cristiano! A ti todo se te figura puertas de gallinero…
El vigilante, sin abandonar su actitud humilde, agarró un clip y un desarmador, se acercó a la caja, trasteó pacientemente y la abrió. Se mostraba radiante con su habitual tono menor, pero sin una profunda satisfacción, por el puro gozo de servir. A pesar de todo, a su alrededor sólo vio miradas condenadoras.
El administrador ni siquiera le dio las gracias, y cuando se despidió con su acostumbrado «hasta mañana», el gallego le dijo:
—Mira, tienes que venir esta tarde, a las cuatro.
—Es mi hora de dormir…
—No importa. Ven, porque don Fidel quiere hablar contigo.
A las cuatro, don Fidel lo esperaba de pie. Le pagó la quincena y lo despidió sin darle explicaciones. Él tampoco las pidió de tan abrumado que estaba: amodorrado, con el desencanto que conllevan las injusticias: no entendía nada. En realidad, no lo entendió nunca.
jueves, 15 de septiembre de 2011
Andanzas. Caminos y caminantes. Parte I
La Ciudad de México tiene algo que, creo, la hace única y es la "capacidad" de siempre sorprender, apenar, llamar a la curiosidad del peatón, etc...
Antonio Machado, por su parte, escribió hacia 1909 en uno de sus "Proverbios y cantares": "caminante, no hay camino,/ se hace camino al andar".
Lo traigo a cuento pues creo que caminar es una actividad que parece ser menos frecuente en las grandes ciudades. Sólo dos tipos de personas lo hacen: los turistas y los ciudadanos de a pie.
Los que interesan esta ocasión son los segundos. Y es que el placer de caminar por las calles de la ciudad es muy grande; uno aprende y descubre cosas de todo tipo; se encuentra con lugares insospechados -en esta ciudad pasa mucho- o, más bien, inimaginados. Ocurre también que mientras uno camina, a su alrededor sucede algo que provocador, que clama al pudor...
Recuerdo una experiencia: Caminaba -no me acuerdo porqué- por una de esas zonas donde, pasado el mediodía -si no es que desde antes o todo el día-, se paran (o se exhiben) las prostitutas. La cuestión es que mientras yo caminaba me daba cuenta de las acciones de los demás hombres, especialmente adultos, pasados los 35 ó 40 años, quizá: los que iban en el transporte público desde que las (o los) divisaban a lo lejos por la ventanilla del microbús, las (o los) veían con atención o al menos eso parecía, en ocasiones es probable que exista lujuria en esas largas observaciones; yo creo que es morbo: determinar, a la distancia, el verdadero sexo de quien se prostituye, pero mientras ya vio y algo ha de haber gozado.
Los que caminaban en dirección opuesta a la que yo llevaba también caían presas de la curiosidad y no evitaban echarle una mirada a esos seres. Si el individuo estaba volteado le veían el trasero; si estaban de perfil, veían rápidamente la silueta y las voluptuosidades características; cuando uno, o varios, de los individuos expectantes les decían alguna cosa sucia o pervertida, los aludidos sonreían, con una pena tremenda, y volteaban en busca de un rostro comprensivo. ¡Qué bueno! Nadie había escuchado las cosas que les decían; eso parecía.
Una vez, en la Feria del Libro del Zócalo, presentaron una antología de literatura erótica de escritoras de Tepito. Presentaron el libro la editora (vayaustedasaberquién) y tres narradoras. La gente pidió que se leyeran algunos cuentos para ver si sí los compraban. Imagino que buscaban otra cosa.
Los tres cuentos, lejos de ser malos, caían en lo soez, su contenido: pitos, vaginas, vergas, mamadas, culos, nalgas... en fin, las narradoras sacaron el repertorio de filias y el público se refocilaba, en especial, la gente que caminaba y pasaba cerca del lugar donde los cuentos eróticos eran leídos .
Esa gente alentaba su andar para escuchar mejor los cuentos, disimulaba cansancio y tomaba un respiro justo donde estaba la cuentística erótica tepiteña. Diría que jamás habían puesto tanta atención a algo que escuchaban en la calle.
Es gracioso observar el comportamiento de la gente, del mexicano, cuando en su camino se encuentra con elementos cotidianos o algo retocados que tratan temas sensibles o que aún constituyen un tabú. Caminar, aunque sea por necesidad, implica un reconocimiento de aquello que nos rodea y lo que esto nos provoca, quizás no sea inmediato, pero de seguro se logra con el tiempo...
Antonio Machado, por su parte, escribió hacia 1909 en uno de sus "Proverbios y cantares": "caminante, no hay camino,/ se hace camino al andar".
Lo traigo a cuento pues creo que caminar es una actividad que parece ser menos frecuente en las grandes ciudades. Sólo dos tipos de personas lo hacen: los turistas y los ciudadanos de a pie.
Los que interesan esta ocasión son los segundos. Y es que el placer de caminar por las calles de la ciudad es muy grande; uno aprende y descubre cosas de todo tipo; se encuentra con lugares insospechados -en esta ciudad pasa mucho- o, más bien, inimaginados. Ocurre también que mientras uno camina, a su alrededor sucede algo que provocador, que clama al pudor...
Recuerdo una experiencia: Caminaba -no me acuerdo porqué- por una de esas zonas donde, pasado el mediodía -si no es que desde antes o todo el día-, se paran (o se exhiben) las prostitutas. La cuestión es que mientras yo caminaba me daba cuenta de las acciones de los demás hombres, especialmente adultos, pasados los 35 ó 40 años, quizá: los que iban en el transporte público desde que las (o los) divisaban a lo lejos por la ventanilla del microbús, las (o los) veían con atención o al menos eso parecía, en ocasiones es probable que exista lujuria en esas largas observaciones; yo creo que es morbo: determinar, a la distancia, el verdadero sexo de quien se prostituye, pero mientras ya vio y algo ha de haber gozado.
Los que caminaban en dirección opuesta a la que yo llevaba también caían presas de la curiosidad y no evitaban echarle una mirada a esos seres. Si el individuo estaba volteado le veían el trasero; si estaban de perfil, veían rápidamente la silueta y las voluptuosidades características; cuando uno, o varios, de los individuos expectantes les decían alguna cosa sucia o pervertida, los aludidos sonreían, con una pena tremenda, y volteaban en busca de un rostro comprensivo. ¡Qué bueno! Nadie había escuchado las cosas que les decían; eso parecía.
Una vez, en la Feria del Libro del Zócalo, presentaron una antología de literatura erótica de escritoras de Tepito. Presentaron el libro la editora (vayaustedasaberquién) y tres narradoras. La gente pidió que se leyeran algunos cuentos para ver si sí los compraban. Imagino que buscaban otra cosa.
Los tres cuentos, lejos de ser malos, caían en lo soez, su contenido: pitos, vaginas, vergas, mamadas, culos, nalgas... en fin, las narradoras sacaron el repertorio de filias y el público se refocilaba, en especial, la gente que caminaba y pasaba cerca del lugar donde los cuentos eróticos eran leídos .
Esa gente alentaba su andar para escuchar mejor los cuentos, disimulaba cansancio y tomaba un respiro justo donde estaba la cuentística erótica tepiteña. Diría que jamás habían puesto tanta atención a algo que escuchaban en la calle.
Es gracioso observar el comportamiento de la gente, del mexicano, cuando en su camino se encuentra con elementos cotidianos o algo retocados que tratan temas sensibles o que aún constituyen un tabú. Caminar, aunque sea por necesidad, implica un reconocimiento de aquello que nos rodea y lo que esto nos provoca, quizás no sea inmediato, pero de seguro se logra con el tiempo...
viernes, 22 de octubre de 2010
San Itario, el Dorado.
No ha muchos días mientras realizaba el rutinario trayecto hacia mi casa, vi un "establecimiento" perfectamente ubicable, si se camina atentamente, que llamó poderosamente mi atención: unos baños públicos de ésos que pululan por la Ciudad con una marquesina con el nombre del lugar (sí, alguien le puso un nombre) -que me sacó de la rutina-. Esto por lo curioso y por la muestra de humor y picardía que había en esas trece letras, a saber: los baños, que por cierto a la distancia daban una buena apariencia, tenían por nombre "El Churro de Oro".
No pude contener la risa que me provocó aquella visión pues es una muestra del dialecto mexicano, más específicamente del mexicano del altiplano, y los recursos de los que se sirven los prestadores de tal servicio para hacerlo más llamativo y tranquilizante.
Churro (sust. masc.; voz onomatopéyica), según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española (DRAE), es la fruta de sartén de la misma masa que se emplea para los buñuelos y de forma cilíndrica estriada, para la primera acepción; para las otras tres que da -dos usos coloquiales y otra frase adverbial coloquial-: obra hecha sin arte ni esmero (2); acierto casual (3); y el último uso es 'como churros' (4) es decir, con mucha facilidad.
Es evidente que el churro que refiere el nombre de los sanitarios no es ninguno de los cuatro arriba mencionados, sino la relación que el mexicano (del altiplano) sugiere entre esa primera definición y el acto de defecar... No hacen falta explicaciones.
Ahora bien, el usar 'de oro' es para dar al transeúnte la sensación de seguridad y comodidad (y hasta "lujo") en esos momentos de tensión y de control de esfínteres; aunque al hombre mexicano no le importe tanto ya que no se fija nunca por dónde va.
Si se hace -no debería- una síntesis de las cuatro acepciones que sobre 'churro' nos otorga el diccionario, podríamos definir el acto escatológico: masa de forma cilíndrica estriada, producida a veces sin arte ni esmero, otras con mucha facilidad, que es cuando hay problemas, cuando no es fácil también hay problemas y sí requiere de esmero, mucho esmero.
¿Cuánto no se ha hecho en un cuarto de baño? Hasta es digno de recibir loas, como las Loas al cuarto de baño, y de manera estupenda, creo.
Ahora, días después de ese descubrimiento, han decidido -los dueños del local o váyaseasaberquiénes- retirar el letrero con el nombre del lugar.
Ya no es "El Churro de Oro", es, simplemente "Sanitarios Públicos". Lástima.
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